Por: Elsa Cornejo
Hace no mucho tiempo, a los niños zurdos se les obligaba a usar la mano derecha porque se creía que ser zurdo impedía el desarrollo correcto de una persona. Incluso la palabra “diestro” aún significa lo bueno, lo correcto, mientras que “siniestro” es aquello que es malo o torcido. No hay una explicación racional para esta práctica, simplemente así se acostumbraba. Hoy en día sabemos que ser zurdo o diestro es una cuestión cerebral que nada tiene que ver con el carácter de la persona, y que impedir que un niño escriba con la mano que le es natural es perjudicial para su desempeño. Imagínese usted, ¿qué haría si la maestra de su hija le amarrara una mano para obligarla a escribir con la otra? ¿Estamos de acuerdo que el problema sería de la maestra, no de la niña?
Últimamente, con respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de parejas homosexuales, escucho opiniones contradictorias como “No soy homofóbico, pero no quiero ver a dos hombres tomados de la mano”, o “No se trata de discriminar, pero no creo que deban tener derecho al matrimonio y adopción como cualquier otra persona”. Las personas que piensan de esta manera no reconocen que su postura es irracional porque toda su vida les han dicho que ser homosexual o lesbiana está mal, o que es una enfermedad, o un comportamiento escogido y no deseado por el resto de la sociedad. Viven en un ambiente donde la violencia verbal hacia gays y lesbianas es aceptada, y están tan acostumbrados a escuchar mensajes homofóbicos que ya interiorizaron esta creencia y no se detienen a cuestionarla, aún cuando hay evidencia contundente de que su creencia es errónea.
Por eso piensan que una niña o niño que crezca con dos papás o dos mamás, por default, será perjudicada. La evidencia científica, los estudios sociológicos y psicológicos demuestran que no es el caso (no me detendré en hacer un recuento exhaustivo de estudios; mejor remito a http://www.apa.org/pi/lgbt/resources/parenting.aspx). Permítame, entonces, hacer una sugerencia: el problema no está en que las y los homosexuales quieran igualdad de derechos, el problema es que vivimos en una sociedad que racionaliza y justifica la homofobia.
El concepto de “homofobia” fue acuñado por el Dr. Wainwright Churchill en 1967, aunque su uso actual se refiere principalmente al estigma y los prejuicios a los que son sujetas las personas homosexuales, más que al temor irracional que implica una fobia. La distinción entre el concepto de homofobia —el temor irracional hacia las personas homosexuales— y los conceptos de prejuicio y discriminación sexual nos indican la diferencia entre una reacción psicológica individual y la construcción social sistemática del odio hacia un grupo de personas consideradas diferentes. Si bien la psicología, y en particular el psicoanálisis de Freud, reconoce síntomas de homofobia que van desde la ansiedad hasta la paranoia, y que adjudica a impulsos homosexuales reprimidos o a una forma de homosexualidad latente, la homofobia como fenómeno social es de origen complejo, engloba muchos niveles y tipos de discriminación y prejuicio, y por lo tanto ha sido difícil de enfrentar y erradicar, sobre todo porque no hay voluntad política ni social para atender de manera sistemática y estructural un problema que es histórico pero que no se reconoce como tal.
Uno de los antecedentes más arraigados de la discriminación sexual fue establecido por Santo Tomás de Aquino, quien argumentó que el único fin “correcto” de la sexualidad es la procreación, calificando a la homosexualidad como la más grande manifestación de la lujuria. De ahí que las personas que consideran la procreación como el objetivo primordial de la sexualidad, y que consideran el placer sexual como un pecado, rechazan por principio a las y los homosexuales, y promueven ese rechazo en sus familias y comunidades.
Además, se malinterpreta la postura de la Iglesia Católica (y de otras instituciones religiosas) y se usa como pretexto para justificar la violación de los derechos humanos. La Iglesia Católica, basándose en una interpretación de la Biblia y en la tradición eclesiástica, considera inaceptable el acto sexual entre dos personas del mismo sexo, así como considera inaceptable cualquier acto sexual fuera del matrimonio católico, pero enseña respeto y compasión hacia las personas que nacen homosexuales, a quienes acepta siempre y cuando vivan en celibato. Por respeto al derecho a la libre expresión y a la libertad de culto, se debe respetar la opinión de las religiones organizadas y las normas que impone a sus feligreses. Pero asimismo las instituciones religiosas deben respetar la libertad de todas las personas a decidir sobre su propia familia, su propio desarrollo y su propia felicidad, y no deben impedir que el Estado garantice sus derechos.
Más allá del prejuicio religioso contra la homosexualidad, la homofobia es una forma de sexismo. Algunos estudios sociales que han estudiado las características de las personas homofóbicas muestran que los hombres discriminan más a otros hombres que no cumplen con el patrón de masculinidad dominante. Es decir, el temor y el odio hacia la homosexualidad que experimentan algunos hombres son motivados por el rechazo de lo que consideran rasgos o comportamientos “femeninos” en otros hombres, y el temor a que se les considere “femeninos” o “menos hombres” a ellos mismos. Este temor ha sido identificado como una de las causas principales de los crímenes de odio por homofobia, donde una persona homosexual es “castigada” con violencia, a veces hasta la muerte.
En general, las personas homofóbicas son motivadas por un deseo de preservar los roles tradicionales de género, que dictan como “debe” portarse un hombre y como “debe” portarse una mujer. Por su naturaleza, las personas homosexuales quebrantan estas normas sociales y cuestionan las actitudes simbólicas que orientan la construcción de la identidad. Esta identidad, la idea de “lo que yo soy”, muchas veces se construye a partir de la exclusión, de “lo que no quiero ser” o “lo que no debo ser”. Aceptar y respetar a una persona homosexual implica cuestionar, y quizás cambiar, el concepto que hemos aprendido de lo que es ser hombre o ser mujer. En esencia, es cuestionarse a si mismo, y esto ocasiona ansiedad en algunas personas.
Otro estudio acerca de las causas de la homofobia indica que las personas que aprendieron desde niñas que ser homosexual es malo tienden a mantener esta actitud de rechazo, a diferencia de las personas que aprenden a respetar a las personas que son diferentes, y quienes al conocer a un hombre gay o una mujer lesbiana son capaces de reconocer los estereotipos erróneos e ir más allá de los prejuicios sociales. Esto demuestra que la homofobia no es una reacción psicológica involuntaria, sino una actitud aprendida, una actitud basada en la ignorancia, el odio y el rechazo.
Algunos se preguntan qué va a pasar cuando aquellos niños que no escogieron tener mamás lesbianas o papás gays se tengan que enfrentar a la discriminación en la escuela o en la calle. En primer lugar, ya hay niños y niñas en esa situación, así como hay niños y niñas que vienen de familias de madre y padre heterosexuales pero que ellos mismo son homosexuales. Ciertamente son sujetos a tremenda violencia homofóbica, porque no tenemos una cultura que fomente al respeto a las diferencias. Imaginemos que una niña proveniente de Sudáfrica llega a una escuela mexicana. Probablemente el maestro explicará a sus alumnos de dónde viene la nueva compañera, por qué es diferente su apariencia y su manera de hablar, y enfatizará que todas las personas merecen respeto, y que cualquier burla o comentario ofensivo será castigado. Lo mismo se podría hacer con una niña o un niño que esté siendo hostigado por cualquier razón, no sólo por ser homosexual o tener papás homosexuales. Si realmente se trata de proteger a las niñas y los niños, tenemos que hacer un mayor esfuerzo, como individuos y como sociedad, para erradicar la violencia generalizada a la que son sujetos, incluyendo la violencia homofóbica.
Esta reflexión me lleva a expresar mi más profunda admiración por todas las personas gays, lesbianas, bisexuales, transgénero, tansexuales e intersexuales que viven en mi comunidad, que a pesar de la discriminación constante a la que son sujetas, a la violencia verbal y hasta física que han tenido que aguantar toda su vida, a estar escuchando que son una aberración, que no merecen derechos, a tener que aguantar la burla y el escarnio, llegan a ser personas de bien y a desenvolverse de manera íntegra en todos sus entornos, y que a pesar de todo deciden ser una parte vital de la sociedad que los rechaza. Eso demuestra valentía, carácter, madurez, capacidad de auto-reflexión, paciencia, tesitura moral y muchas otras cualidades que, por cierto, debe tener un buen padre, o una buena madre.