Promiscuidad y donjuanismo
BLOG DE CARLOS GARCIA TOMADO
DE UNIVERSOGAY.COM
¿Conoces al típico que cada mes tiene un novio diferente y que asegura estar enamoradísimo de él hasta que se aburre, lo deja y pasa a otro como el que se cambia de calzoncillos? Ellos dicen que no son promiscuos sino enamoradizos, pero en el fondo todos sabemos que están mintiendo...
La semana pasada les relataba yo desde este espacio una historia de amor, pero no de esas que terminan con un “fueron felices y comieron perdices”, sino de esas otras de corte mucho más realista que terminan con un amigo consolando a otro amigo al que le han hecho la trece catorce: estuvo con alguien que se lo pintó todo muy bonito y que luego le dejó sin explicación alguna tras un mes de relación aparentemente maravillosa. Las cafeterías están llenas de gente que le cuenta a sus amigos historias como esta.
Por si ustedes, queridos lectoras, no se habían percatado (o no se han leído los otros artículos en los que hago la misma afirmación), vivimos en una cultura de consumo. Esto quiere decir que, aparte de ser taco de materialistas y de seguir la máxima aquella de que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas (una pequeña mansión, un pequeño yate, un pequeño complejo turístico en una isla virgen…), hemos incorporado la actitud de consumo a todas las facetas de nuestra vida. O sea, tía, que del mismo modo que una tarde te vas de tiendas y te compras un montón de jerseys, de pantalones o de bragas de purpurina (allá cada cual con sus gustos), puedes irte de bares de ambiente o meterte en ese enorme catálogo de gente mema que es Internet y hacerte con todos los mariquitusos que quieras (hasta te los puedes cambiar con tus amiguetes como si fueran estampitas). Echar un casquete tras otro ahora mismo es la una de las cosas más sencillas del mundo, es casi como escuchar una canción de Lady Gaga: te asalta en cualquier momento y en cualquier lugar. Para el tipo que estuvo con mi amigo hubiera sido muy sencillo echar un polvo sin más. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué engañó a mi amigo con falsas promesas de amor si para follar le hubiera bastado proponerlo sin más? Muy sencillo, porque lo que quería el individuo no era follar, sino conquistar. Por eso no lo llaman amor cuando quieren decir sexo, porque en realidad quieren decir seducción.
El donjuanismo alude directamente al personaje de Don Juan Tenorio de la obra de José Zorrilla. ¿No saben de qué les hablo? No se alarmen, la LOGSE ha hecho mucho daño, yo se lo explico: Don Juan era básicamente un pichagorda que se dedicaba a seducir a cuantas mujeres podía como prueba de su irresistible atractivo y de su masculinidad. El coleccionismo de mujeres por parte de los hombres ha estado vigente durante siglos: el hombre que se las llevaba a todas de calle era un machote genial, mientras las mujeres se erigían como pobres víctimas pasivas que supuestamente estaban ahí para ser conquistadas y folladas por esos machos cabron… cabríos.
El término donjuán ha sido ampliamente aceptado en psicología y psiquiatría para definir a esos tipos que adolecen de un narcisismo extremo y que necesitan conquistar amorosamente a un buen número de mujeres para reafirmar su masculinidad y su autoestima. Ni que decir tiene que presentan un acusado complejo de inferioridad que les induce a tratar a las mujeres como objetos sexuales y afectivos sin voluntad, que están situados a su alrededor a su entera disposición. Por eso se tiran a unas y a otras: primero para sentirse taco de guapos (jo, soy estupendo, las tengo en el bote). Segundo para que otros lo admiren y acepten (jo, ese tío estupendo, las tiene a todas en el bote).
Pues bien, maricones míos, resulta que esto no sólo ocurre en las relaciones heterosexuales. Los gays también necesitamos reafirmar nuestra autoestima y, cómo no, nuestra masculinidad (mucho más que los heteroguays incluso, ya que nosotros vemos cuestionada nuestra virilidad sistemáticamente por el mero hecho de sentirnos atraídos por otros hombres), y, claro está, también recurrimos a la promiscuidad para ello. Porque desgraciadamente la promiscuidad sigue siendo un indicador de masculinidad: si eres un tío y follas mucho eres un machote. Si eres una tía y follas mucho eres una guarra. Pero incluso en su versión original, los donjuanes gays, antes de salir del armario, curiosamente, miren ustedes por dónde, suelen ser donjuanes heteros: se corresponden con aquellos mariquitusos que en el instituto se zumbaban a una tipa tras otra y que luego salieron del armario ante el asombro de sus colegas, que lo tenían por un machote semental.
Con esto no estoy diciendo que todos los mariquitas promiscuos sean donjuanes por definición. El donjuán conquista, seduce, su máxima aspiración no es el sexo y lo que le mueve no es el placer sexual, razón por la que no son de echar un polvo con uno distinto cada noche. El sexo sin conquista no es un arte noble digno de caballero andante, sino algo despreciable. Bajo la excusa del amor inesperado (cuando llega así uno no se da ni cuenta) pueden ser la flor que va de pajarito en pajarito. ¿Cuántos y cuántos maricones hay por ahí que se dedican a enamorar con falsas promesas a otros maricones, a manipularlos, a contarles milongas sobre un futuro ideal a lo Aladdín y Yasmine montados sobre una alfombra y cantando, a prometerles el oro y el moro para que en cuanto se rindan a sus encantos y les confiesen amor, se aburran y salgan corriendo en busca de otro maricón más difícil de engatusar que suponga otro reto que sumar a la colección? Por supuesto, ellos jamás reconocerán que lo hacen por un afán de subirse la autoestima, de engordarse la poll… el ego y creerse superguays. Ellos dirán que viven el amor intensamente porque se enamoran con facilidad y de hecho criticarán a los que follan por follar.
Yo estoy muy cansado de ese discursito que se montan los que tienen aptitudes de donjuán y que toma el amor y el enamoramiento, o la remota posibilidad de encontrar a tu media naranja entre casquete y casquete, como excusa para follar con quien les dé la gana sin que nadie los censure (es que, pobreticos, estaban buscando el amor. Animalicos…). Porque, mira, de verdad, por mucho que quieras ir de Meg Ryan y por mucho que vayas por ahí diciendo que estás con muchos tíos porque todos ellos te atraen y necesitas probar a ver si por casualidad alguno es tu alma gemela, ni tu vida es una comedia romántica, ni esto es una canción de Mariah Carey, ni el resto de los tíos somos muñecos hinchables sin sentimientos a tu disposición para que tú puedas sentirte más guapo, más macho, más guay y, en conjunto, menos desgraciado.
Y si quieres coleccionar algo, colecciona sellos, pero no maricones. Leñe.
Acerca de Carlos G. García
Carlos G. García Carlos G. García es periodista, diseñador gráfico, corrector, estudiante de Trabajo Social, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Descubre más aquí.